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abr. 22
¿Cómo promover la lectura desde Instagram? El caso de @queleoyo

​Una biblioteca de cinco niveles atestada de libros y dos cojines en forma de emoticones son, tal vez, los elementos más llamativos de la sala de Alejandra Restrepo Bolívar. Ella es una bookstagrammer​ que, aunque estudió y ejerció la publicidad, terminó coordinando los clubes de lectura del Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín. ¿Cómo llegó ahí?

Todo empezó con su amor por la lectura, que cultiva desde niña, y el cual, ya en la adultez, decidió combinar con su pasión por la publicidad. Un día se le ocurrió crear una cuenta en Instagram (@queleoyo) para compartir fotos y comentarios de los libros que leía. Estaba convencida de que detrás de una buena imagen podía haber inquietud por saber qué se decía de la pieza, así que lo conside​ró un gancho para atraer.

Hoy la cuenta tiene más de dos años, 18.344 seguidores y 497 publicaciones cargadas de buenas recomendaciones literarias, fragmentos inspiradores y mucha estética visual, pero quizás lo más importante es la comunidad de lectores que nació, pues esta ha contagiado a sus círculos cercanos el amor por la lectura.


¿Cómo empezó tu relación con los libros y la lectura?

Mi relación con los libros​ y la lectura empezó por mi familia. Desde que estaba muy pequeña siempre vi a mi abuelo leyendo y hablando de libros, luego a mi mamá, y ella me motivaba mucho para que leyera, entonces eso fue fundamental. Siempre que estaba aburrida le decía a mi mamá: qué hago que estoy aburrida, y ella me mandaba a leer. Entonces creo que por ahí fue que inició todo.


¿Qué autores o textos te marcaron en esos inicios?

Cuando tenía nueve años estaba desocupada y mi mamá me dijo: busca en la biblioteca un libro para que te pongas a leerlo. Y el más cortico era El viejo y el mar. Pero empecé a leerlo y dije: “Mamá, ¿qué es esto tan aburridor? Voy a dejarlo”. Entonces lo odié. Y hace dos años lo leí, me reconcilié con él y me pareció hermoso.

Luego en unas vacaciones me quedé sola en la casa de ella y cogí un libro que se llama La esfinge, de Robin Cook. Lo leí en dos días y para mí cambió todo. En el colegio también me pasó que los profesores nos ponían a leer Cien años de soledad, La odisea... y mientras mis compañeros buscaban resúmenes, yo estaba empeliculada con el libro haciendo el árbol genealógico de los Buendía. Y me volví lectora constante cuando tenía como 20 años.


Alejandra bookstagramer.jpg 


¿Por qué nació @queleoyo?

Nació simplemente por una pasión: soy publicista y quería tomarles fotos bonitas a los libros, pero esto fue adquiriendo otro carácter y objetivos, y uno de ellos fue desmitificar la lectura como un pasatiempo aburrido, al lector como una persona que tiene que usar palabras rimbombantes para hablar de libros o que es una persona que solo puede leer autores rusos. Yo creo que uno lee por diversión

Otro objetivo es acercar a la gente a los libros, a la lectura, hablar de las ventajas que tiene y contagiar ese amor y agradecimiento que yo siento por los libros, porque a mí me han cambiado la vida, me han sacado de abismos muy profundos, han sido compañeros, me han enseñado muchísimo. Yo en la cuenta hablo de lo que a mí me gusta y también de lo que no me gusta, pero siempre trato de que la gente tenga claro que es un gusto personal.

¿Qué impacto ha tenido la iniciativa?

Solo experiencias bonitas. Hoy tengo un club de lectura que va a cumplir dos años con personas que ya son amigos. Y muchísima gente me escribe mensajes hermosos contándome que antes leían un libro al año y hoy leen doce y este año van por más. Otro me dijo que era el único que leía en su casa y ahora tiene leyendo a su primita, a su hermanito, a su mamá, y que compra libros para él y se los va prestando a todos. 

Eso es lo que me llena y me lleva a decir que vale la pena el cansancio, el trabajo extra. Hoy me invitan a muchos eventos y eso me encanta porque he podido ver autores muy buenos, además me entero de novedades literarias. En mi familia, como todos me ven leyendo, me dicen que conmigo cómo no van a leer, entonces ha sido bueno ver que la gente sí se va contagiando. 

La lectura ha influido tanto en mi vida que cuando decidí hacer una especialización, la hice en Literatura en la Universidad Pontificia Bolivariana​, y hoy gracias a la cuenta trabajo en el Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín. 


Bookstagramer.jpg 


¿Cómo ha sido pasar de promover la lectura en una red social a hacerlo en un sistema de bibliotecas?

Ese sí ha sido todo un reto​ porque no es lo mismo trabajar a tu ritmo, con tu estilo, en una red social que es tuya, a pasar a cumplir con objetivos, respetando planes de trabajo, estilos de trabajo diferentes, conceptos distintos. 

Ha sido un reto muy enriquecedor porque a la gente que llega a @queleoyo le interesan los libros o la lectura. En una biblioteca te enfrentas con gente que no siempre va a la biblioteca buscando qué leer o porque le guste la lectura. Ha sido una experiencia muy nece​​saria para darme cuenta de las realidades que hay por fuera de las redes sociales.   

¿Por qué se te ocurrió promover la lectura desde un medio que, en teoría, ha venido restando lectores a los libros en los últimos años?

Yo no creo que las redes sociales y lo digital sean malos. Es malo el uso que nosotros les damos, la gente que legitimamos y los me gusta que damos a personas que de verdad no aportan nada valioso. Pero a mí las redes sociales​ me parecen maravillosas en el sentido de que han logrado comunicarnos sin importar distancias ni ideologías. 


El año pasado leíste 61 libros. ¿Cómo lo logras? ¿Cómo manejas tu tiempo para mantener una vida profesional, sentimental y familiar con un ritmo de lectura tan alto?

A mí nunca me falta un libro en el bolso. En cualquier espacio que tengo me pongo a leer​: en una fila, en una sala de espera, en el metro, si almuerzo sola. Por otro lado, yo pertenezco a varios clubes de lectura entonces eso ayuda también a que uno se acose para leer y tenga siempre un libro en la mochila. También tengo un hábito y es que todos los días, en la mañana cuando me despierto o en la noche, le dedico mínimo media hora o cuarenta minutos a la lectura.



Fecha de publicación: diciembre 4 de 2018.

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abr. 05
Conoce la Atención virtual en Salud de la App Seguros SURA

Te encuentras fuera de la ciudad y de pronto un malestar te indispone. Por distancia, tiempo y costumbre, haces lo de siempre: comentar el tema con alguien cercano, recibir una recomendación de su parte, tomarte una pastilla y, en general, acatar la indicación de quien no es un médico​

A veces la suerte funciona, pero en otras ocasiones los síntomas se complican. Y esa condición te obliga a buscar atención de urgencia​. Algo que, con prevención, habría podido evitarse.

A la práctica de subestimar un malestar y automedicarse se suman otras como: “Esperaré a salir del trabajo para consultar”, “No almorcé porque no me sentía bien”, “No tengo tiempo para ir al médico y esperaré a que se me pase” y “No le puse cuidado al dolor de cabeza y ahora tengo migraña”.


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Para que esto deje de pasar, y con el propósito de contribuir a la adecuada gestión de tu bienestar, la App Seguros SURA​ tiene un nuevo servicio: Atención virtual en Salud. 

Con este puedes evaluar tus síntomas desde el lugar en el que estés cuando no te sientas bien, obtener recomendaciones de servicios de salud de acuerdo con la valoración inicial y resolver todas las inquietudes sobre tu Seguro de Salud de SURA. ​

¿Cómo puedes usar el servicio de Atención virtual en Salud?


1. Entra a laApp Seguros SURA​.

2. Haz clic en la opción Salud y luego en Atención virtual en Salud.

3. Selecciona el nombre del asegurado e indica en qué ciudad se encuentra.

4. Marca los síntomas que este tiene al momento de acceder al servicio.

5. De acuerdo con los síntomas ingresados, te recomendaremos algunos servicios disponibles para que recibir atención oportuna.

6. Elige alguna de las opciones:

  • Consulta médica virtual.
  • Consulta médica prioritaria.
  • Consulta médica domiciliaria.
  • Consulta médica programada.
  • Urgencias.

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Este nuevo servicio es exclusivo para las personas que tienen cualquier plan del Seguro de Salud de SURA​. Si bien no reemplaza una consulta médica presencial, busca educar en la importancia de no postergar los temas relacionados con el cuidado de la salud, crear conciencia​​ sobre los riesgos de la automedicación y, lo más importante, generar bienestar.



Fecha de publicación: abril 5 de 2019.
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mar. 31
Alejandra Borrero y una locura que transforma vidas

Siempre le han dicho que está loca y tal vez así sea. Alejandra Borrero reconoce que ha tenido la osadía de tirarse al vacío incontables veces y tomar decisiones que pocos asumirían. Ha vivido a contracorriente haciendo lo que le gusta y defendiendo aquello en lo que cree. Ha aprendido y ha enseñado.​ Si eso es locura, entonces ella la tiene toda.

Nació en Popayán y creció en una familia en la que rebosa el afecto. Por eso evoca con cariño​ los juegos entre primos y hermanos, las navidades juntos y esos abuelos ins​uperables que la llevan a una sencilla conclusión: “Todo ese amor que recibí es el que ahora puedo dar”. 

Cali fue el escenario de su primer encuentro ​con el arte y Sandro Romero Rey, su profesor de teatro, el responsable de que Alejandra asistiera a esa cita. “Ahí empezó este amor por las tablas. En ese momento yo no me di cuenta, pero fue la apertura a una vida diferente (...); cuando me gané el primer premio de actuación con Sandro en un festival de teatro de la Alianza Colombo Francesa, no lo podía creer. Llegué a mi casa y dije: ‘Mamá, esto es lo que quiero estudiar’. Ella, por supuesto, se murió de la risa”, cuenta Borrero al recordar que su familia, cuando decidió ser actriz, pensó que aquello era una pérdida de tiempo y un capricho pasajero. 


Dos universos llamados Buenaventura y Mayolo

Teniendo claro lo que quería hacer, Alejandra inició sus estudios​​​ en la Universidad del Valle, época en la que conoció a otro de sus grandes maestros: Enrique Buenaventura, director y fundador del Teatro Experimental de Cali, del que aprendió las infinitas posibilidades que ofrece la creación colectiva y la imperiosa necesidad de gozarse la vida sin tomársela tan en serio. 

Después conocería a Carlos Mayolo, el guionista y director que hizo parte del mítico Grupo d​e Cali​, quien la introdujo, sin retorno, al cine y la televisión. Bajo su batuta asumió el protagónico de Azúcar, una de las telenovelas colombianas más exitosas de finales de los ochenta.

Ambos directores fueron el abrebocas de una vida dedicada a las artes; la condujeron a explorar distintos lenguajes y manifestaciones de la creatividad​. De las múltiples exigencias que tiene la interpretación, quizá ninguna sea tan compleja como lograr asumirse en el oficio escogido. Alejandra confiesa que le costó nombrarse y sentir que merecía el título que ya empezaban a darle: “No es fácil reconocerse como artista; es una cosa muy profunda. Somos actores, pero no todos son artistas”, afirma sobre una condición que, según ella, representa “la capacidad de ver más allá, de mostrar, de abrir puertas y ventanas, de hacer una metáfora que logre que entiendas el mundo de otra manera”.


Ni con el pétalo de una rosa

La experiencia sensible que da el ponerse en la piel de tantos personajes y la voz que su trayectoria le ha otorgado, abrieron para Alejandra Borrero otras responsabilidades, esta vez con las niñas y mujeres​ del país. Ni con el pétalo de una rosa nació en 2009 como un trabajo a partir de la obra de Guillermo Borrero, A la sombra del volcán, y se convirtió en una campaña para contrarrestar los distintos tipos de violencia contra la población femenina. Hoy es un festival que busca visibilizar y reconocer las historias de mujeres en situación de vulnerabilidad. 

“Nos dimos cuenta de que el arte era absolutamente impresionante cuando se trataba de tocar temas tan difíciles como estos (...); el arte puede destapar y abrir unas fibras que uno no se imagina”, asegura Alejandra.

A esta iniciativa se une lo que para la actriz ha sido el trabajo más importante de su vida: Victus​, la obra de teatro dirigida por ella en la que reunió a excombatientes de las FARC, exparamilitares, civiles y antiguos miembros de la fuerza pública. Este proceso ha sido la posibilidad de ver al otro que alguna vez fue adversario, conocer las dimensiones de su realidad y reafirmar el poder del arte y la educación en la construcción de paz en el país. 

“Para nosotros fue un orgullo y un privilegio haber ayudado a transformar imaginarios a punta de arte simbólico y de cosas tan sutiles, quitando esta negritud que ha sido la guerra en Colombia (...). Seguimos trabajando porque vale la pena cada ser humano que tocamos”, concluye Borrero. 


Casa E: un espacio camaleónico

En agosto de 2008, en medio de la búsqueda de un lugar para ensayar, presentar teatro y formar a nuevos actores y actrices, nació Casa E​, un espacio capaz de mutar y albergar distintas expresiones artísticas. Este proyecto es un riesgo de esos que tanto le gustan a su cofundadora, el cual acerca al público a la experiencia del arte en tiempo real por medio de tres salas de teatro (con los nombres de Mayolo, Buenaventura y Arlequín) y un salón central. 

Sin abandonar su vocación primaria, que es la actuación, y comprometida más que nunca con su trabajo social desde el arte, Alejandra Borrero siente que ha hecho la tarea, quizá a costa de su propio descanso, pero con la satisfacción de crear sin parar, con la dificultad y la incertidumbre que esto conlleva: “He vivido siempre en la cuerda floja, al borde del abismo; entre la felicidad y el pánico”, dice, muy segura de que esa adrenalina es lo que seguirá buscando.

​Foto: Cortesía

Fecha de publicación: marzo 31 de 2019.​

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mar. 31
Mujeres que sueñan, crean e inspiran
Las mujeres siempre han soñado, creído e inspirado. En la Grecia antigua, Lisístrata​ le apostó a la paz con una huelga sexual contra quienes hacían la guerra y, en la Revolución Francesa​, las mujeres marcharon a Versalles exigiendo poder votar. Historias inspiradoras que aportaron a logros como la Carta de las Naciones Unidas en 1945, que afirmó el principio de igualdad entre mujeres y hombres y dio lugar a acciones transformadoras.

Para celebrar ese y otros avances,​​​ en SURA conmemoramos el mes de la mujer con un especial de historias inspiradoras de 31 mujeres destacadas en las áreas de liderazgo, salud, emprendimiento, humanidades, ciencia, deporte, literatura, arte y cultura; ellas nos contaron sus creencias, sueños y la manera como hoy inspiran a miles de personas. Invitados a conocerlas.​​


1. Piedad Bonnett, mujer y escritora sin jaulas​

2. Patricia Ariza, una actriz comprometida con las víctimas​

3. Velia Vidal llena motetes con comida para el alma

4. Patricia Nieto es periodismo y memoria​

5. Natalia Amaya, la emprendedora que digitalizó el mundo fitness​

6. El encuentro de Yolanda Auza y la patrona de los libreros​

7. Ana María Giraldo, la mujer que hizo historia en el Everest

8. ​Brigitte Baptiste, una mujer que construye su propia identidad​

9. Mercedes Campuzano, el poder de crear para creer​

10. Totó la Momposina: una cantadora de ayer, hoy y siempre​

11. Mabel Torres, una científica emprendedora​

12. Beatriz Fernández hizo de su empresa un país de maravillas​

13. A Catalina Usme la esperaba un balón al nacer​

14. Mabel Lara: “Las mujeres como yo no aparecían en los medios”​

15. ​“Nací retada por la vida y lo asumí”: María del Pilar Ramírez

16. Una Luz en la investigación científica​

17. Ángela Restrepo, una enamorada de los microbios

18. Ahora sí se sabe “qué es lo que tiene Mayte”

19. Marianne Ponsford, la embajadora de los libros​

20. Julia Miranda, salvaguarda de las riquezas naturales de Colombia​

21. Johana Bahamón cree en las segundas oportunidades​

22. María Clara Choucair pone la ingeniería al servicio de la sociedad​​

23. ​Maite Hontelé lleva la trompeta en el alma​

24. Tatiana Calderón, con el acelerador a fondo​

25. Carola Martínez y su apuesta por la creación colectiva

26. Fabriana Arias recorre la vida sobre sus patines

27. Catalina Mesa y una pasión llamada vida​

28. “Siempre está la posibilidad de la próxima función”: Cristina Toro​

29. “Para mí solo existe el hoy”: Jineth Bedoya​

30. Adriana Ocampo y el sueño que comenzó en una terraza​

31. Alejandra Borrero y una locura que transforma vidas


Fecha de publicación: marzo 31 de 2019.
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mar. 30
Adriana Ocampo y el sueño que comenzó en una terraza

La imaginación es un lugar que Adriana Ocampo​ visita con frecuencia. En ella habitan las preguntas pero, sobre todo, el valor para encontrar respuestas. Tiene la mente y el corazón abiertos al descubrimiento de nuevos mundos y esto no es más que el resultado de haber posado, desde niña, su mirada en el espacio.

Por las venas de esta barranquillera de 64 años corre sangre española, argentina y colombiana. Durante la Guerra Civil del país ibérico, ocurrida entre 1936 y 1939, su familia materna desembarcó en tierras gauchas, proveniente de Asturias. Allí nació y creció su madre, Teresa Uria, quien en su juventud encontró el amor en Víctor Alberto Ocampo, un suboficial de la Marina, de origen payanés, que llegaba a Argentina becado por el gobierno de Juan Domingo Perón. Esa casualidad terminó en matrimonio y en el traslado de la nueva familia al Caribe colombiano, donde nacieron sus tres hijas: Sonia, Adriana y Clau​​dia. 

Aunque vivió poco tiempo en Colombia, Adriana conserva algunos sabores de la cocina tradicional que su madre supo atesorar una vez se mudaron a Buenos Aires a finales de la década del cincuenta. De aquellos años, evoca con gratitud una infancia de juegos, naturaleza y familia​​.


El sueño espacial

Para una mente curiosa​, unos padres cómplices. Así fueron los de Adriana al darle siempre la libertad de soñar, incluso si esos primeros anhelos fueron con astronautas, naves espaciales y expediciones por la Vía Láctea. “Una de las cosas que me encantaba hacer era subir a la terraza de mi casa todas las noches, de​spués de cenar. Si podía y el clima estaba favorable, subía con mi perro a ver las estrellas. Me empezaba a cuestionar qué eran esos puntos de luz; si existía gente como nosotros en ellos y por qué había tantos”, recuerda Ocampo.

El 20 de julio de 1969 no solo cambió la ​historia de Neil Armstrong y Edwin Aldrin, los primeros hombres en pisar la superficie de la Luna; también transformó la de Adriana. Mientras atestiguaba el éxito de la misión espacial Apolo 11 en el único televisor que había en el vecindario, supo que sus juegos en la terraza​ eran en realidad la simulación del resto de su vida: “Vi que los sueños se pueden hacer realidad y que si un ser humano podía ir a la luna, esos puntitos de luz a lo mejor no estaban tan lejos y eventualmente uno podría ir a explorarlos. Me puse la meta de que quería trabajar para la NASA​.

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Un paso más cerca

En 1970, la familia Ocampo Uria emigró a Estados Unidos buscando asegurar un buen futuro para sus hijas. Llegaron a South Pasadena, en el estado de California, no muy lejos de uno de los centros de excelencia de la NASA. Como si el universo entero hubiera actuado a favor de Adriana, le llegó la invitación para pertenecer a un club de estudiantes interesados en la exploración espacial. 

Era el Laboratorio de Propulsión a Reacción​ (JPL, siglas en inglés del Jet Propulsion Laboratory), un centro de investigación perteneciente a la NASA que, por medio de grupos formativos semanales, convocaba a la nueva generación de científicos espaciales. Entonces dirigido por el doctor William H. Pickering, el JPL fue para Adriana el encuentro con sus primeros grandes mentores. “Nos reuníamos a aprender. Después empezamos a hacer actividades prácticas, a construir pequeños robots, y el primer proyecto que tuvimos era cómo recibir la señal de un satélite climático que mandaba la temperatura y la nebulosidad de la atmósfera”, cuenta. 

Luego de graduarse de la secundaria en South Pasadena High School, Adriana encontró la manera de continuar su proceso. “Yo sabía que quería una carrera en el espacio, entonces todo lo que hacía era siempre enfocado en eso (...); se dieron cuenta de que no podían deshacerse de mí porque era bastante persistente, entonces me dieron un trabajito y empecé en las posiciones más bajas, como asistente técnica”, relata. Al mismo tiempo, cursó los dos primeros años de universid​ad en el Pasadena City College y terminó su formación en las universidades estatales de California y Northridge, obteniendo su grado como geóloga planetaria. Luego hizo el Doctorado en Ciencias Planetarias, en Holanda. 

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Nuevas Fronteras

Desde aquel revelador 20 de julio de 1969, mucho ha pasado en la vida de Adriana. Trabajó para la Agencia Espacial Europea y durante toda su carrera ha estado vinculada, de una u otra forma, a su gran amor: la NASA. Con su experiencia​ ​​​ha contribuido al desarrollo de algunas de las misiones más importantes y disruptivas en su campo y, desde 2005, es la científica principal en las exploraciones relacionadas con el planeta Venus. 

​También lidera el programa más ambicioso de la agencia, llamado Nuevas Fronteras​, que tiene tres misiones en proceso: Juno, Plutón y OSIRIS-REx. El objetivo: buscar y estudiar posibles nuevos mundos, lo que para Adriana supone “tratar de entender las semejanzas y diferencias entre nuestro planeta y los otros que hay en el Sistema Solar”.

El camino no ha estado desprovisto de desafíos: Adriana no tenía muchos referentes cuando empezó y el idioma fue una barrera durante los primeros años. Adicionalmente, la poca presencia femenina en la exploración espacial le hizo ganarse unos cuantos no. Sin embargo, siempre los tomó como una forma distinta de llegar al sí. 

Ha estado comprometida con el apoyo a quienes persiguen un sueño espacial. Es el caso de Andrea Guzmán, una joven colombiana que a los 14 años se puso en contacto con ella para que se convirtiera en su mentora. Hoy, Guzmán cursa un Doctorado en Astrofísica, en Suiza, y confirma la alegría de su madrina científica al “poder incentivar a la juventud a salir a explorar”.​

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Aunque su trabajo le exige mantener la atención en otros planetas, eso es lo que le ha dado a Adriana la conciencia de los retos de la humanidad. “Si vamos a salir de nuestra cuna, que es la Tierra, para llegar a tener presencia permanente en la Luna, en Marte u otras estrellas dentro de la Vía Láctea, tenemos que hacerlo como especie, unidos. Ese es mi sueño: que evolucionemos para trabajar juntos por el bienestar de todos; el espacio puede ser el vehículo que nos lleve a eso”.​​


Fotos: Cortesía


Fecha de publicación: marzo 30 de 2019.

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mar. 29
“Para mí solo existe el hoy”: Jineth Bedoya

​​​​Foto: Héctor Fabio Zamora, EL TIEMPO​


Jineth Bedoya​ cuenta que sus sueños murieron hace 19 años, cuando la secuestraron. Ese día, para ella, “dejó de existir el futuro” porque entendió que la vida se puede acabar en cualquier momento.

Luego comprendió que los sueños son los que movilizan las causas y confirmó que, en lo que definitivamente no cree, es en el futuro: “Para mí solo existe el hoy”, dice; eso le ha permitido vivir el día a día con intensidad, entregando el “mayor amor, compromiso y responsabilidad, pero siempre amarrada de un sueño”. No es hora de callar​ es el que ahora la mueve. Desde esta iniciativa trabaja para prevenir y aliviar la violencia de género, que a la vez ha sido para ella una catarsis porque, después de sanar sus heridas, entendió que además del periodismo se dedicaría al activismo alrededor de los derechos de las mujeres​.​


​La magia de la escritura

Jineth se enamoró del periodismo cuando conoció la magia de la escritura; desde entonces han transcurrido 25 años de ejercicio profesional. Empezó en 1997 en el noticiero radial Alerta Bogotá y, dos años más tarde, pasó al periódico El Espectador. Allí estaba cuando el 25 de mayo del año 2000 vivió el hecho que cambió su vida. 

Fue a la Cárcel Modelo, de Bogotá, a realizar una entrevista, cuando en los alrededores del centro carcelario fue interceptada por tres hombres que la mantuvieron retenida durante 16 horas, tiempo durante el cual fue torturada y violada. Los atacantes eran de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), grupo que estaba investigando.

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El hecho marcó su vida personal y profesional. Sobre todo porque el periodismo fue para ella la válvula de oxígeno que le permitió dar el siguiente paso para no quedarse en la etapa de víctima. De ahí su profundo amor por el oficio. “Son tantos los regalos y las lecciones  que deja el periodismo, que no hay espacio para enumerarlos. El mayor es poder cambiar la vida de otras personas​. Este oficio me enseñó que perdonar es difícil, pero transformar el dolor es esencial (...). Me ha hecho entender que el poder contar la historia de otro, poniéndome en los zapatos del otro y, en el caso de la violencia de género, de niñas, adolescentes y mujeres, es la mejor herramienta para transformar”.

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La mujer, columna vertebral

En su trabajo como activista, Jineth ha entendido que “la mujer es la columna vertebral de la sociedad” y que, en la violencia de género, las personas hacen resiliencia con sus historias en los entornos en que se mueven. Eso para ella es inspirador.

​​​​Uno de los aprendizajes más importantes de Jineth con No es hora de callar, es que el liderazgo no solo está en quienes tienen poder o acceso a él. Ella entendió que cada persona, hombre o mujer, sin importar si vende minutos en la calle, preside una multinacional o tiene el cargo que sea, “puede ser líder en su casa, en el colegio, en el sitio de trabajo, en su grupo social”, expresa. 

Lo supo cuando trabajó con un gru​​po de mujeres sobrevivientes de la violencia sexual en el Pacífico sur colombiano. “Empezamos a identificar el liderazgo, pero sobre todo a sacar ese que tienen entre el corazón y el alma, y a hacerlo por medio de la educación (...); nos dimos cuenta que cada mujer tenía un potencial inmenso”, dice.

Que su historia haya propiciado un cambio es un logro que trasciende los reconocimientos nacionales e internacionales que ha recibido. Pero quizás el más importante fue “lograr que el 25 de mayo sea el Día Nacional por la Dignidad de las Víctimas de Violencia Sexual​, cuenta Jineth, quien hoy, más que nunca, tiene como propósito de vida​ terminar con el machismo o, por lo menos, transformarlo.

Fecha de publicación: marzo 29 de 2019.

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mar. 28
“Siempre está la posibilidad de la próxima función”: Cristina Toro

La dramaturgia de Cristina Toro es, por así decirlo, una representación de las experiencias vividas durante su niñez en Sonsón, el frío municipio del oriente antioqueño donde pasaba vacaciones junto con su familia. De esa época recuerda las puestas en escena de la Semana Santa, cuando veía al maestro Rómulo Carvajal trabajar en la creación y coordinación de las figuras, los ropajes y los actores que daban vida a los ritos sacros.

También la marcó la idiosincrasia de los sonsoneños, a quienes conoció en la intimidad de sus hogares por la labor de su abuela Pastora, quien recogía ayudas entre las personas adineradas para llevarlas a los menos favorecidos. Su papel era clave porque era quien cargaba de casa en casa la canasta con huevos y otros alimentos.

En los hogares de los ricos les daban parva y chocolate; en los de los pobres, aguapanela. En todos debían recibir para no hacer desplantes, así terminaran la jornada con indigestión. Las conversaciones de la abuela con los vecinos y las suyas con esas personas humildes que servían en la casa familiar, la acercaron al lenguaje y a las costumbres que serían claves en su formación y desarrollo profesional.

Cristina creció en una familia “acomodada” en la que hubo cercanía con la música, la literatura y las artes. Por eso su niñez y adolescencia transcurrieron entre el colegio Mary​​​mount y las clases de ballet, piano, guitarra clásica y equitación. “Me gustaba mucho que siempre había algo que hacer por fuera del estudio”, dice. 

Sus papás la llevaban a obras en el desaparecido Teatro ​Junín​ y en el Teatro Pablo Tobón Uribe, donde Cristina no olvida a Sergio Mejía Echavarría, un actor de la época que, aunque se ganaba la vida en otras labores, tenía grandes dotes histriónicos y actuaba con pasión. 

Poco antes de terminar el bachillerato, Cristina se acercó a la expresión escénica con el maestro Jairo Cuesta y esto representó para ella “una punzada muy fuerte”. Por eso, cuando ingresó a la Universidad Eafit a estudiar Administración de Empresas, ya estaba tocada por las ganas de hacer teatro​. Allí conoció a Carlos Mario Aguirre, quien era maestro del grupo de la institución, aunque​​ su historia juntos iniciaría más tarde.

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De la “chaza” a la casa más linda

Las investigaciones que hizo sobre la historia del teatro​ en Antioquia y el panorama teatral en Medellín, afianzaron su conexión con las tablas. Una noche de enero de 1985, poco tiempo después de regresar de un viaje a Europa, se reencontró con Carlos Mario, que en ese entonces se presentaba en una pequeña “chaza” en Laureles en la que cabían siete personas. Cristina fue a ver la obra y quedó sorprendida por su talento. Esa noche, él le propuso que trabajaran juntos y ella aceptó sin titubeos.

A finales de abril del mismo año, dejaron la “chaza” y se mudaron a un espacio más grande. “Alquilamos la casa más linda de Laureles”, cuenta Cristina, con emoción, al recordar la que fue su primera sede juntos y la segunda de El Águila Descalza​. Detrás de esa decisión vino otra más trascendental: dedicarse de lleno al teatro. Desde entonces han pasado 34 años.

Tanto tango, estrenada en mayo de 1985, fue la primera obra de Carlos y Cristina. Representó su bienvenida definitiva a las tablas y un reconocimiento entre el público que se comenzó a expandir. Pronto, la sala de la casona de Laureles se quedó corta y, para ampliar su capacidad de 25 a 50 espectadores, tuvieron que derribar un muro. 

Las funciones seguían creciendo en público aunque diversificaron sus actividades: dictaban talleres, vendían funciones a empresas y hacían cualquier otra cosa, “pero lo más importante —en palabras de Cristina— es que estábamos construyendo una dramaturgia”.

En 1986 estrenaron País paisa​, el segundo montaje juntos y el cual, en palabras de Cristina, marcó un camino, el hallazgo de una dramaturgia que tenía el humor como eje y hecho liberador. La obra fue un éxito en Medellín, Colombia y el exte​​rior, tanto que, aún c​on el cierre intempestivo de su sede por una orden policial, llenaron otros escenarios que la acogieron, como los teatros Pablo Tobón Uribe, Universidad de Medellín y Metropolitano, donde hubo más 70 noches con lleno total. 

Desde entonces, Cristina Toro y El Águila Descalza no paran de crecer. Más desde que en el año 2000 abrieron su propia sede en el barrio Prado, en una casona que hace un siglo fue considerada la más bella de Medellín. Ella se la soñaba; incluso un día fue a tocar su puerta para ver si la vendían y le dijeron que no. Hasta que la vio en un anuncio de venta en un periódico local y corrió a cumplir su anhelo. 


Ver el mundo de otra manera

Hoy la vida de Cristina transcurre entre el teatro y la poesía, a la que se acercó en sus tiempos de universidad y luego por influencia de amigos como Víctor Gaviria y Juan José Hoyos. Este último editó su primer libro de poesía: (1995), al que luego le siguieron Cosas de mujeres (1999), Apuntes de errancia (2000), La humedad del fuego (2001), Obsesiones nocturnas (2005), Los pasos del olvido (2012) y Oración lujuriosa (2016). Poemarios en los que “uno toma distancia de uno mismo para poder ver el mundo de otra manera”, dice.​

Cristina aún recuerda lo que sintió el día de su “estreno” en una obra de teatro. Una mezcla de “susto”, “fragilidad teñida de fortaleza”, “abismo”, pero también poder decir “no me ahogué”. Lo evoca hoy, 34 años después de decidir dedicarse enteramente al teatro; luego de presentarse en incontables escenarios de Medellín, Colombia y el mundo; de alegrar​ el alma de miles, millones de espectadores. 

Su amor por el teatro, por la creación, siguen más vivos que nunca. Y la mística del día de la función se mantiene: una jornada en la que descansa y se concentra más que de costumbre, calienta bailando tango durante 30 minutos, recita un pasaje que evoque magia, fuerza; al final salta al escenario para dar todo de sí. Una vitalidad que se mantiene porque, como ella misma dice, “siempre está la posibilidad de la próxima función”.


Fotos: Cortesía


Fecha de publicación: marzo 28 de 2019.
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mar. 27
Catalina Mesa y una pasión llamada vida

El cine no fue el primer amor de Catalina Mesa, pero supo esperarla en el lugar y el tiempo indicados. Como una filigrana perfecta, todos los caminos recorridos por ella tejieron una red que la condujo a su origen y al espíritu femenino de un pueblo antioqueño​​ que guarda sus días de infancia. Este encuentro le ha dado relatos, miradas, sensaciones y el placer de cocrear con el otro y con la vida misma.

La historia de esta mujer errante y viajera comenzó en Medellín, en el seno de una familia que la educó a partir de una mezcla especial: naturaleza y arte. “Cuando pienso en la infancia se me vienen dos imágenes inmediatamente: el campo, porque crecí yendo a la finca todos los fines de semana; y la danza, porque desde muy chiquita fui bailarina”, dice Catalina al recordar sus clases de baile como el momento más feliz del día y la sinfonía silvestre de las noches en el suroeste de Antioquia como la​​ música de la vida. ​

La visión empresarial de su padre y las habilidades artesanales de su madre le dieron lo mejor de dos mundos: la capacidad de trabajar en equipo y el deleite de la exploración artística y estética​. Todo parecía indicar que la única mujer de los tres hijos de la familia Mesa optaba​ por seguir la influencia paterna y estudiar Management y Comunicaciones en el Boston College. 

Cuando terminó su carrera, se mudó a Nueva York para trabajar con una productora y, en los dos años que estuvo allí, fue responsable de ejecutar varios proyectos para distintas compañías europeas. El que parecía un trabajo soñado se transformó por completo después del 11 de septiembre de 2001, ese fatídico día que Catalina vivió de cerca.

Presenciar la magnitud del ataque a las Torres Gemelas la confrontó con lo que era su realidad. Ese hecho le aceleró el proceso de preguntarse: “¿Qué es importante para mí? Uno hereda muchas figuras del éxito, pero para cada persona es diferente. Para mí el éxito es seguir los dictados del corazón. Uno es exitoso cuando es uno mismo”


Francia, el umbral de la libertad

A los 21 años, Catalina renunció a su trabajo​ en Nueva York para escuchar lo que le decía su corazón. “Lo único que sabía es que quería hacer algo que me diera la alegría de vivir”, recuerda, y la respuesta fue clara: Francia. Llegó con la idea de estudiar el idioma del país galo por seis meses, pero una vez allí sintió que había arribado al lugar indicado. No sabía cuál sería su futuro, pero tenía dos regalos invaluables que recibió de esa nación: la libertad de ser ella misma y la capacidad de vivir el presente.

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“En esos momentos de vacío, de incertidumbre, en los que lo único que tienes es el presente, me acuerdo que me sentaba mucho en parques y decía: ‘lo único que sé con certeza es que esta flor, a esta hora del día, con este paso de la gente, es una hermosura. De resto, no sé nada más’. Fueron temporadas de contemplación porque no tenía el futuro resuelto. Y ahí fue donde me empecé a interesar en los reflejos, las sombras, la forma de las cosas: esa es la fotografía. Yo creo que antes de coger una cámara fue entender el estado contemplativo que esto requiere. Fue un momento de iniciación hacia una mirada más profunda de la presencia de las cosas”, afirma Catalina.

Su papá la define como una “estudiante profesional” por su inagotable curiosidad y el disfrute que para ella representa aprender. Antes de dedicarse a narrar a través del lente de una cámara, estudió Historia de las Artes del Espectáculo y después hizo una Maestría en Letras, haciendo honor a la relación inquebrantable que desde niña tiene con la escritura. Después vino su inmersión en la fotografía como una forma tangible de comunicación: “Fue la época más rica del mundo porque todo lo que había estudiado, pude empezar a verlo a través de otras cosas. Fue un deleite. Y como dos ríos, la fotografía y la escritura se unen en la realización (audiovisual)”, dice. 

Con algunas respuestas encontradas y a punto de que su visa como estudiante en Francia terminara, presentó una propuesta en París para crear su propia casa productora. Así nació Miravus, un proyecto en el que trabajó intensamente entre 2008 y 2014, generando contenidos para todo tipo de industrias. Y al lograr la visa de residencia y demostrar la viabilidad de su empresa, decidió hacerse un regalo que tenía pendiente: Jericó​. 


Homenaje a la tía abuela Ruth

En 2015, Catalina decidió darle vida a un sueño: se trasladó por tres meses a Jericó, un pueblo del suroeste antioqueño, para honrar por medio de un proyecto cinematográfico el espíritu femenino del lugar en el había había vivido Ruth Mesa​, su tía abuela. “Era un buen lugar para realizar un homenaje a mi propia cultura. Comí mucha arepa, tomé mucho café, comí mucho sancocho. Me fui de casa en casa encontrándome con estas mujeres, una más increíble que la otra”, cuenta Catalina. 

El resultado fue una narración a muchas voces con tintes musicales y cómicos llamada Jericó, el infinito vuelo de los días​, la cual tiene como personajes principales a varias mujeres jericoanas quienes, a partir de sus historias de vida, reconstruyen la memoria del municipio. Estrenada en 2016, la película suma, a la fecha, más de 30 proyecciones en festivales del mundo.

El Teatro Santamaría, del pueblo anfitrión, que en 1948 recibió a la tía Ruth como reina de la parroquia, acogió casi setenta años después a Chila, Luz, Celina, Fabiola, Lycinia, Ana Luisa, Elvira, Manuela y Laura, las protagonistas de este relato. Ellas representan la belleza y la dignidad de una cultura que ha conmovido a espectadores extranjeros que las ven traducidas al hebreo, polaco o francés, y a los colombianos en el exterior que reconocen en ellas a las mujeres importantes de sus vidas. 

Jericó es y será para Catalina toda una experiencia de descubrimiento y el impulso necesario para seguir contando nuevas historias sobre su amada Colombia. Hoy sabe que no está sola: tiene al mejor asistente, que es el azar; la mejor coproductora, que es la vida; y el mayor elemento sorpresa, que es el encuentro con el otro.


Fotos: Cortesía


Fecha de publicación: diciembre 4 de 2018.
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mar. 26
Fabriana Arias recorre la vida sobre sus patines

Hay quienes creen que de los accidentes fortuitos salen los mejores descubrimientos. Y ese es el caso de Fabriana Arias, la deportista que nació hace 23 años en Envigado, Antioquia, y ha cosechado 15 títulos mundiales de patinaje. 

“En el año 2000 practicaba patinaje artístico y me invitaron a una competencia, pero al llegar  vi que se trataba de una carrera de velocidad. Me puse los patines en línea, competí y gané mi primera medalla”, contó ella en una entrevista para la revista Semana a inicios de 2018.


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Ese primer triunfo se dio cuando tenía ocho años, cuatro años después de que empezara a patinar por decisión de sus papás, quienes querían que practicara un deporte que forjara su constancia y disciplina, más allá de que llegara a ser campeona. Por eso, los éxitos fueron sorpresas y lo siguen siendo pese a que ha ratificado que nació para pararse en el podio. Para ella nunca hay certezas en el mundo competitivo más que las que tiene sobre sí misma; simplemente hace lo que le corresponde: entrena con rigurosidad, cuida su cuerpo y su mente con yoga, se alimenta de forma saludable e invierte las horas necesarias en el descanso (porque es igual de importante que la actividad física permanente). 

Siempre le agradezco a Dios por tenerme aquí, por permitirme trabajar duro para estar donde estoy. En temporadas de competencia le digo que me ayude a ganar o que me ayude a entender que tengo que mejorar y que era el momento de alguien más”, dice, convencida de que ese dios, dueño de su fe, le ha dado el talento y la fortaleza mental​ para entender que cada cosa tiene su lugar.


Del deseo a la materialización

Antes de las competencias, Fabriana se concentra en su respiración, medita, escribe afirmaciones en un diario, se visualiza en el podio y se dibuja una medalla de oro pendiendo de su cuello; un ritual que le permite conectarse con lo que hará posteriormente y que, con altas probabilidades, resultará en otra victoria. 

Sin embargo, esas posiciones que ha ocupado​ en la categoría del patinaje en línea ya no son, como lo eran al principio, parte de una estadística de medallas y trofeos, sino que son la confirmación de que entrenar con perseverancia, creer en los sueños y no ponerse límites hace que cualquier persona llegue hasta donde la imaginación la ha llevado antes.


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Fue así como, en 2011, trajo a su casa, desde Corea del Sur, su primer título mundial. De ahí en adelante siguió escalando al primer lugar del podio con la bandera de Colombia en competencias como los Juegos Mundiales de Polonia y los Juegos Mundiales​​​ de Patinaje​ en​ Nak​​ín (China) en 2017. Ese éxito no solo ha hecho que quienes habitan el mundo del patinaje la reconozcan en cualquier rincón del mundo, sino que le ha abierto caminos hacia el emprendimiento.

Hoy tengo mi propia marca deportiva: Alma Skate. Empecé vendiendo uniformes y, al ver que la gente los recibía muy bien, mejoramos los diseños y las colecciones. Pa​​ra mí esa es una manera de conectarme con otros patinadores, pero también de que personas que no tienen que ver con lo que hago, se acerquen al deporte”, dice Fabriana.

Otra de las responsabilidades que tiene la patinadora es estudiar, aunque aclara que lo adelanta virtualmente para no entrar en conflicto con el tiempo que dedica al deporte, el cual pone por encima de cualquier actividad de su vida y que le implica sacrificios, tales como estar lejos de su familia durante tres meses cada año para asistir a las concentraciones d​e las selecciones Colombia y Antioquia de patinaje

A Fabriana, el deporte le ha dado todo​: estabilidad económica, viajes nacionales e internacionales, apertura mental frente a otros lugares y culturas, la posibilidad de crear su empresa y la felicidad de saber que, desde muy temprana edad, tuvo la suerte de descubrir que nació para recorrer la vida sobre sus patines.

Fecha de publicación: marzo 26 de 2019.
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mar. 25
Carola Martínez y su apuesta por la creación colectiva

A los nueve años, sin saberlo, Carola Martínez Bandera ya hacía teatro​. El cumpleaños de su padre era la ocasión perfecta para convocar a sus tres hermanos menores, repartir personajes y poner en marcha una representación. Sábanas que se convertían en telones y utilería gestionada por su madre eran parte de un encuentro con lo invisible, como ella lo define, que se hacía palpable en el juego, ese universo tan necesario en la escena y que aún hoy se niega a abandonar. 

Antes de cumplir los 18, el deseo de estar parada en un escenario era irreversible. Había visto una obra de teatro en la Universidad de Antioquia y pensó que estudiar allí era la forma de acercarse a aquello que desconocía, pero la llamaba. Optó por presentarse a Comunicación Social y buscar desde allí la forma de empezar a actuar. No pasó, por fortuna, y fue esta la oportunidad para que alguien le presentara el Departamento de Artes Escénicas de la institución, al que realmente sintió que pertenecía. Se inscribió, recibió la inducción, hizo el Preparatorio de Teatro y fue admitida al programa. 

De aquellos días, Carola recuerda los primeros encuentros con la caja negra, los pasos tímidos sobre el tablado del escenario y la exploración de esos otros a quienes daba vida en cada ejercicio. Empezaba a entender el lugar que ocupaba el teatro en su vida. “Siempre fue y sigue siendo un espejo de todos los cuerpos que hay en uno, no solamente los físicos, sino también los de la mente y, más allá, los del espíritu (...) Siempre me he considerado una persona muy tímida, pero cuando me paraba en el escenario me lanzaba al vacío. Ahí olvidaba mis miedos, mis inseguridades; era donde sentía la libertad de expresar”, cuenta Martínez.​

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Maestros de la vida y la escena

El teatro le ha dado amigos, instantes memorables y mucha poesía, pero si algo le agradece Carola Martínez a ese arte que escogió como oficio es la huella eterna de los maestros que la han formado. De su paso por la universidad guarda con cariño las lecciones de Fernando Velásquez, Clara Arango, Eduardo Sánchez y Luz Dary Alzate, siendo esta última la mujer​ que le infundió las primeras dosis de pasión y fuerza en la interpretación.

Una vez obtuvo su título como maestra en arte dramático, supo que lo siguiente era salir a formar grupo. Nunca había pertenecido a uno, pero estaba convencida de que la creación debía ser colectiva. Sin embargo, de los diez actores que harían parte de este primer proyecto, solo acudían ella y otra compañera. “Me tocó empezar a leer lo que no se dice, entonces entendí que mi necesidad de hacer teatro tal vez no era la misma de mis compañeros. Amaban las tablas, pero también tenían otras inquietudes”, recuerda, así que se alejó por un tiempo y exploró otras dimensiones de su vida.


La Hora 25

En 1998, Carola regresó al teatro con un curso de expresión corporal en la Universidad Eafit. Quien lo dictaba era Farley Velásquez, un hombre alto, delgado, de cabello largo y carcajada inmensa, con una energía​ difícil de ignorar. El encuentro con él sería para ella la posibilidad de cumplir su sueño de integrar un colectivo teatral. Ricardo III, el Rey Matapríncipes, basada en la obra de William Shakespeare, fue su boleta de entrada al grupo La Hora 25​

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Desde entonces, su trabajo no para. Ha sido parte de montajes emblemáticos como Hamlet Máquina, The New Gangsters B.F.A., una versión libre de Macbeth; El diario de un ladrón, Eros y Thanatos, Electra, El país de las mujeres hermosas, Romeo y Julieta, entre otros. Su temperamento fuerte y el espíritu de leona con el que ella misma se describe, le permitieron asumir la asistencia de dirección durante varios años y, actualmente, un rol que no deja de ser complejo y desafiante: el de directora del Teatro La Hora 25​, luego del fallecimiento de Farley en agosto de 2015.​​

“Ahora tengo claro que el que es buen alumno será un buen maestro. Y un buen alumno es el que sabe que tiene las manos vacías y quiere recibir el conocimiento del otro”, asegura Carola cuando evoca las lecciones de su director, ese hombre que, según ella, iba a 200 kilómetros por hora en cada montaje y sabía como nadie leer el espíritu de sus actores para dar con el personaje adecuado. Reconoce​ los miedos que implica ser líder, pero de ellos extrae el carácter que necesita para la ruta de aprendizaje y experimentación que hoy recorre. Sigue apostando por el grupo, por tener un diálogo permanente con los artistas que lo integran y por esa gran pregunta que precede a toda creación: “¿De qué queremos hablar?”.​​


Compromiso con lo humano

Carola Martínez ha estado al frente de dos montajes desde que asumió la dirección general de La Hora 25: Turmalina, la cenicienta del currulao y Las criaturas de un día​, basada en ​Prometeo, de Esquilo, ganadora esta última de la Beca de Estímulos para el Arte y la Cultura de la Alcaldía de Medellín. Conserva con respeto y gratitud la memoria artística de Farley mientras trabaja por encontrar su propia voz en el escenario. 

Sus ojos se humedecen cuando habla de los dolores y conflictos de una ciudad que la ha abrigado desde que llegó de su natal Cartagena. Ante el miedo y la desesperanza, la respuesta no es otra que el arte. “Hay posibilidad de encontrar (en el teatro) una ciudad perdida, escondida; una ciudad mágica que se nos está yendo de las manos. Esa es nuestra responsabilidad (como artistas)”, afirma Martínez, quien re​​calca su deseo de montar más obras de teatro sobre el amor y de seguirle apostando a la labor formativa tanto en el grupo base como en los talleres y semilleros que dictan desde hace varios años.

Para Carola es el tiempo de continuar navegando, de respirar nuevos vientos con los artistas que la acompañan, viviendo la vida que ama, dentro y fuera del escenario​​: “Yo no he tenido que hacer otra cosa para vivir del teatro. Tampoco he pensado que con el teatro me voy a enriquecer. Es una cuestión personal y, cuando escuchas esa voz del alma, lo otro llega por añadidura, escojas lo que escojas”.​


Fotos: Cortesía


Fecha de publicación: marzo 25 de 2019​.
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Acerca de este blog
No, en realidad esta no es mi foto. Todavía no actualicé esta sección. Sin embargo, es bueno saber que alguien está leyendo cada palabra. ¡Gracias!